No, el antisionismo no es antisemitismo

Hay disputas que no pueden resolverse porque quienes las sostienen no hablan, en realidad, el mismo idioma. No porque hablen lenguas distintas, sino porque usan las mismas palabras con significados diferentes. Antes de abordar el fondo del debate sobre el conflicto israelí-palestino, conviene, pues, detenerse en los términos: antisemitismo, filosemitismo, sionismo, antisionismo, nacionalismo judío y nacionalismo palestino.

Definiciones básicas

  • Antisemitismo: Según la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo, “es la discriminación, el prejuicio, la hostilidad o la violencia contra los judíos o contra las instituciones por el simple hecho de serlo”. Dicho de otro modo: es el odio hacia los judíos no por lo que dicen o hacen, sino por lo que son.
  • Filosemitismo: La cara opuesta de la misma moneda. Si el antisemitismo es el odio irracional hacia los judíos, el filosemitismo es su amor incondicional, igualmente ajeno a sus actos o palabras. Dos extremos, un mismo prejuicio.
  • Sionismo: El nacionalismo del pueblo judío: la afirmación de su derecho a un Estado en su tierra histórica.
  • Antisionismo: La oposición a la existencia de un Estado judío y/o a la política del Estado de Israel.
  • Nacionalismo palestino: El movimiento que reivindica para los palestinos el mismo derecho que el sionismo reclama para los judíos: autodeterminación y Estado propio en su territorio histórico.

Principios y posturas

A partir de estas definiciones, a las que adhiero plenamente, sostengo lo siguiente:

  1. Los judíos no son ni mejores ni peores que quienes no lo son. Como cualquier colectivo humano, merecen ser juzgados por sus actos, no por su identidad.
  2. No soy antisemita. Juzgo a las personas por lo que dicen y hacen, no por lo que son.
  3. No soy filosemita, por las mismas razones: la idealización es también una forma de prejuicio. Venerar a un pueblo en bloque es tan absurdo como despreciarlo.
  4. Soy antisionista, pero no porque me oponga a la existencia del Estado de Israel. Me opongo a su política hacia los palestinos y a su nacionalismo expansionista.

La polémica: ¿es el antisionismo un «nuevo antisemitismo»?

Hay quienes sostienen que el antisionismo no es más que el antisemitismo con traje nuevo. Para Benjamín Netanyahu, y para un buen número de jefes de Estado y líderes políticos, cualquier crítica a Israel equivale automáticamente a odio hacia los judíos.

Pero basta con observar cómo funciona esta lógica cuando se aplica a otros casos para advertir su incoherencia:

  • Quien critica al gobierno de Putin puede ser acusado de muchas cosas, pero nadie lo tachará de racista antieslavo.
  • Quien cuestiona al rey de Marruecos no será llamado racista antiárabe.
  • Quien denuncia a Donald Trump o a los supremacistas blancos no será acusado de odiar a la gente blanca.

En todos estos casos, se podrá debatir la solidez de los argumentos o la veracidad de los hechos. Lo que no ocurrirá es que la crítica en sí sea descalificada como racismo. Hay, en el mundo, un solo gobierno cuya mera mención en tono crítico convierte al interlocutor en sospechoso de odio racial: el gobierno israelí.

Una artimaña retórica

Cuando se señala esta asimetría, la réplica más frecuente es la siguiente: «Tiene razón, criticar a un gobierno no es antisemitismo. Pero los antisemitas se disfrazan de antisionistas para camuflar su odio». Si se pregunta entonces cómo distinguir al antisionista genuino del que «se disfraza», la respuesta brilla por su ausencia.

La ecuación antisionismo = antisemitismo es, en su raíz, una maniobra retórica: un modo de cerrar el debate antes de que empiece, de hacer imposible la crítica sin necesidad de refutarla. Frente a ella, conviene recordar una verdad elemental: si bien todo antisemita tiende al antisionismo, no todo antisionista es antisemita. La conclusión inversa es una falacia lógica, y tratarla como axioma no la vuelve menos falaz.

Por otra parte, la validez de una denuncia no depende de las intenciones de quien la formula, sino de los hechos que la sustentan. Quien acuse al gobierno de Netanyahu de cometer un genocidio puede tener razón, aunque albergue prejuicios. Los crímenes son o no son independientemente de quién los señale.

Voces internacionales y judías

Si la ecuación fuera válida, habría que acusar de antisemitismo a la ONU, a Amnistía Internacional, a Human Rights Watch, a Médicos Sin Fronteras, a la Corte Penal Internacional (CPI) y a decenas de organizaciones y personalidades judías que critican con vigor la política israelí. Sería un antisemitismo curioso, poblado de judíos. Los judíos antisionistas serían judíos que se detestan a sí mismos. ¡El colmo!

La Declaración de Jerusalén sobre el antisemitismo, suscrita por más de 200 académicos universitarios de todo el mundo, zanja la cuestión con claridad meridiana:

«Los dos conceptos —antisionismo y antisemitismo— son categóricamente distintos.»

Conclusión: una cuestión de humanidad

El conflicto entre israelíes y palestinos no puede comprenderse ni juzgarse únicamente a través de la lente de estos dos conceptos. Reducirlo a esa dicotomía es, en sí mismo, una forma de distorsión.

No hace falta ser antisemita ni antisionista para condenar el genocidio en Gaza, las agresiones cotidianas de los colonos en Cisjordania o el bombardeo de la población civil en el Líbano. No hacen falta etiquetas ni ideologías.

Basta con creer que los derechos humanos no son un privilegio de los fuertes.

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