La política, en su acepción más noble, es el arte de gobernar y administrar el bienestar general. En una dimensión más pragmática, es la lucha por el poder. Pero en su versión más chabacana, suele ser una simple pelea de gallos —y, para ser incluyentes, de gallinas— en la que se lanzan picotazos: sin medida, sin decoro y sin la menor vergüenza.
Abelardo de la Espriella ha recitado en repetidas ocasiones injurias cargadas de sevicia: «Estos zurdos, sarnosos, degenerados, como no saben hacer nada, como nunca han creado una empresa, ni han pagado una nómina, ni han trabajado, y en el mayor de los casos jamás se han bañado…». Y, como no le falta imaginación para el agravio, también los tacha de terroristas, bandidos, criminales y narcotraficantes. Y no está solo: son legión los que practican este deporte nacional.
Esta forma de hacer política deja al desnudo cinco realidades:
- El insulto reemplaza al argumento: Lo cual termina diciendo mucho más de quien ofende que del ofendido.
- La nivelación por lo bajo: quien insulta intenta rebajar al adversario para ponerlo en su mismo lodazal.
- La hipocresía del pacificador: Se incita al odio y a la violencia mientras se posa de defensor de una sociedad segura y en paz.
- El menosprecio al elector: Se asume que el ciudadano es un ingenuo que se deja convencer por un torrente de injurias y gritos.
- El complejo de superioridad: El insulto nace de la vana creencia de ser superior, simplemente porque se ha decretado que el otro es inferior.
Es evidente que De la Espriella busca emular a su referente intelectual, Donald Trump. Al observarlo en sus intervenciones —ya sea en televisión o en sus videos de redes—, se nota a leguas su puesta en escena. Manifiesta un deseo casi obsesivo por convencernos de que es un tigre, un guerrero de casta. En su narrativa personal, él es el héroe solitario que rescatará a la princesa del dragón. La princesa, huelga decirlo, es una Colombia frágil; el dragón es la amalgama de Cepeda y los políticos tradicionales. Él se sueña como un San Jorge criollo, el único capaz de aniquilar al monstruo. Se cree la encarnación de un renacimiento nacional, el guía que sacará al país de las sombras. Por eso, según él, «todos» conspiran para atacarlo.
Una cosa es fustigar al adversario con rigor y determinación; otra muy distinta es revolcarse en la difamación y el insulto barato, falaz y vulgar. Después de ver tanto rifirrafe, tanto regaño e injuria, el espectáculo termina por cansar. Es un libreto repetitivo, aburrido y, sobre todo, estéril. Un combate de este tipo anula cualquier debate racional sobre los problemas que de verdad le importan al elector.
¿Por qué, si no estamos de acuerdo, tenemos que terminar en la vulgaridad? Todo indica que estas sesiones folclóricas de agravios no van a desaparecer pronto. Sin embargo, el antídoto es sencillo: bastaría con que algunos políticos tuvieran la altura de no responder a la provocación, de no morder el anzuelo. Veamos por qué.
¿Quién es más ingenuo: el torero que agita la muleta para que el toro embista o el toro que embiste ciegamente apenas ve el movimiento de la muleta?
Fulano insulta a Zutano para sacarlo de quicio, convencido de que sus dardos harán mella. Si Zutano responde con más insultos, Fulano habrá logrado su objetivo: arrastrarlo a su terreno. Pero si Zutano no reacciona, si permanece impasible y dueño de sí, Fulano quedará frustrado y en evidencia. Si el silencio del otro persiste, el agresor terminará entendiendo que es mejor argumentar que escupir injurias.
En una famosa entrevista de la televisión francesa, un periodista le preguntó a un político:
¿Por qué nunca responde a los insultos y sarcasmos de los que es objeto?
Porque no me afectan. ¿Para qué responder?
Por su reputación. La semana pasada lo tildaron de demagogo.
Mi reputación no depende de lo que mis rivales opinen de mí. Eso es solo una opinión, y las opiniones no se refutan.
También lo acusan de conflicto de intereses en el «Caso X». Eso no es una opinión, es un hecho.
Nuestra Constitución consagra la presunción de inocencia. Soy inocente mientras no se demuestre lo contrario. Además, la carga de la prueba es de quien acusa. Que denuncien y lo prueben.
Conclusión
¿Por qué, si Fulano discrepa de Zutano sobre cómo combatir la inseguridad, tiene que llamarlo bandido, cómplice o ficha de los narcos —todo en un tono colérico y al borde de un ataque de nervios—? ¿Por qué no decirle, con la serenidad y respeto:
Señor Zutano, no dudo de su intención de acabar con los grupos armados, pero sus medidas son ineficaces: esas bandas no tienen incentivos para entregar las armas. Los fracasos del pasado lo demuestran. Ustedes proponen un diálogo que ellos usan para manipularnos. Por eso, yo insisto en la mano dura».
Y Zutano podría replicar:
Entiendo sus dudas, pero admita que sus recetas tampoco han funcionado. Ustedes ya las aplicaron y los resultados fueron nulos. No descartamos la vía militar, pero debemos atacar las causas estructurales de la violencia».
Soñar no cuesta nada. Soñemos, aunque sea para no olvidar que la política podría ser algo mucho más digno que este gallinero histérico y pintoresco.