El uso del tigre en la campaña de Abelardo de la Espriella es más que una estrategia estética: es un síntoma de la transformación de la política en espectáculo. El símbolo desplaza el debate programático, reduce la deliberación democrática a una narrativa de fuerza y convierte al candidato en un personaje antes que en un actor institucional.
Este tipo de comunicación —basada en emociones primarias, identidades totémicas y estéticas virales— refleja una crisis más amplia: la dificultad de sostener discusiones públicas complejas en un entorno saturado de imágenes y ansiedad social.
El tigre funciona porque activa emociones primarias. Pero también porque habla de nosotros: de un electorado que, ante el miedo, busca figuras fuertes, incluso si son de peluche. Es evidente que la fuerza fascina a una buena parte de los votantes. El tigre no es un animal: es un espejo. Un espejo en el que muchos ciudadanos se contemplan para compensar sus propias fragilidades.
Entre lo que somos, lo que creemos ser, la imagen que intentamos imponer y la que los demás realmente perciben, suele abrirse un abismo incómodo. Algunos lo cruzan con dignidad; otros lo tapan con utilería.
Ignoro cuál es la autoimagen de la Espriella, pero algo sí es claro: al compararse con un tigre, quiere que le reconozcan los atributos del animal. El inconveniente es que la metáfora exige coherencia. Y cuando la puesta en escena depende más de la comparación que del carácter, el rugido no hace temblar a nadie.
¿En qué sentido Abelardo es lo opuesto a lo que simboliza un tigre?
En el imaginario colectivo, el tigre encarna seis atributos principales: la fuerza real, el coraje, el dominio, la soledad soberana, la coherencia, la discreción del depredador.
Sin embargo, en la comunicación pública de Abelardo, suele observarse justo lo contrario.
El tigre es fuerte. Abelardo apuesta por la fuerza… verbal. Un tigre no necesita rugir para infundir miedo: su fuerza se demuestra, no se proclama. En el caso de Abelardo, la fuerza se manifiesta sobre todo en declaraciones estruendosas, insultos o ataques ad hominem, una retórica de confrontación permanente. En otras palabras: mucho ruido, poca potencia real. El tigre es un depredador silencioso; el personaje mediático es un comunicador ruidoso.
El tigre es valiente. Abelardo prefiere la puesta en escena. El coraje del tigre es pragmático: enfrenta lo que puede vencer. El coraje político, en cambio, se mide por la capacidad de debatir sin insultar, enfrentar argumentos contrarios, reconocer errores, asumir posiciones impopulares pero coherentes. Sin embargo, a Abelardo se le asocia con frecuencia con un estilo performativo y narcisista. El coraje no se demuestra con actos, sino que se representa frente a las cámaras.
El tigre domina sus impulsos. Abelardo valora la impulsividad. Un tigre no se agita. Calcula, observa, espera. En la comunicación política, esto equivale a prudencia, estrategia, coherencia emocional. En cambio, en Abelardo se ven reacciones impulsivas, subidas de tono, una comunicación emocional sin regulación. El tigre es un maestro del control de sí mismo; el personaje público de Abelardo es un hombre susceptible, emotivo y colérico, que no sabe controlarse.
El tigre es un solitario soberano. Abelardo se rodea de los “políticos de siempre”. Un tigre reina solo. No necesita manada y mucho menos alianzas oportunistas. Sin embargo, según La Silla Vacía, la campaña de Abelardo se apoya en figuras tradicionales, redes políticas clásicas, alianzas con actores del statu quo. Es decir, lo contrario del depredador independiente que dice encarnar.
El tigre es coherente. Abelardo es teatral y de escaparate. El tigre no cambia de rol según el público. Es lo que es, en todo lugar, siempre. En el caso de Abelardo, se observan: un personaje mediático extravagante, un personaje político que quiere parecer serio, un personaje jurídico que quiere parecer riguroso. Tres registros, tres máscaras. El tigre, en cambio, no usa ninguna.
El tigre es discreto. Abelardo es hipervisible. El tigre caza sin mostrarse. No necesita reflectores. El personaje público de Abelardo, por el contrario, multiplica los videos, las puestas en escena, las performances visuales, los símbolos exagerados. El tigre es un animal; de la Espriella es una marca.
Conclusión: El tigre, entonces, es un camuflaje. Y quizás el verdadero mensaje de esta campaña no sea «Soy un tigre», sino «Quiero que creas que lo soy». En un país donde la política se volvió espectáculo, el tigre es el equivalente a los efectos especiales: mucho ruido, mucho color, poca sustancia. Pero funciona. Porque en campaña, lo simbólico pesa más que lo real. Y porque a veces un buen tótem vale más que un argumento.