Mi primera reacción ante la victoria, en primera vuelta, del candidato de extrema derecha fue la decepción —una inmensa decepción— mezclada con una gran sorpresa. ¿Cómo es posible que tanta gente vote por un admirador de Trump, Milei, Kast, Bukele, Abascal y Netanyahu? Algunos saben quiénes son estos personajes y adhieren a su ideología con pleno conocimiento de causa. Se identifican con sus ideas y con su personalidad. ¿Pero los demás? ¿Conocen realmente su ideología y sus proyectos? ¿Ignoran las consecuencias de sus políticas?
Una vez más, las elecciones presidenciales confirman que el voto emocional se impone sobre el voto racional: la retórica sobre la lógica, la ambigüedad sobre la precisión, la opacidad sobre la transparencia, las apariencias sobre la realidad. La mentira sobre la verdad. Todo ello respaldado por las más modernas estrategias de comunicación política.
Rara vez los electores leen y comparan los programas. Mucho menos toman una decisión después de un análisis crítico bien documentado. La extrema derecha ha comprendido esto perfectamente, de ahí la narrativa construida para hacer pasar mentiras por verdades reveladas. Veamos algunos de estos métodos engañosos.
El catastrofismo
El país estaría al borde del abismo, pero todavía podría salvarse si se vota contra Cepeda y a favor de de la Espriella. El objetivo es convencernos de que todas las desgracias comenzaron el 7 de agosto de 2022, cuando Gustavo Petro asumió la presidencia. Antes de eso, durante dos siglos de gobiernos de derecha o de extrema derecha, Colombia era —según ellos— un paraíso. Esos gobiernos no tendrían ninguna responsabilidad en los males del país.
Lo más lamentable es que quienes se tragan esta desinformación no se toman la molestia de verificar si ese miedo fabricado tiene fundamento. La situación actual es mejor que la que heredó Petro. ¿Por qué no consultar, por ejemplo, los estudios del CEPR, que a su vez remiten a los datos del DANE? (Sí, ya sé: gran parte de la población no tiene ni la formación ni la paciencia para recorrer estas 18 páginas, a veces técnicas, de información socioeconómica).
Estos datos respetan el rigor científico y son todo lo contrario de la propaganda partidista. Preferimos renunciar a nuestro espíritu crítico en favor de un imaginario colonizado por ideas simplistas, atajos intelectuales y generalizaciones.
El peligro comunista
Según la narrativa, Cepeda y el Pacto Histórico serían comunistas empeñados en convertir a Colombia en otra Venezuela o en otra Cuba. Y muchos lo creen, aunque nada —absolutamente nada— en el programa de la izquierda o en la acción del gobierno respalda semejante temor.
¿En qué sentido estaría Colombia encaminándose hacia el comunismo?
- La propiedad privada no ha sido eliminada ni está amenazada.
- No existe un partido único; por el contrario, hay demasiados partidos.
- La prensa es libre.
- Se respeta la separación y la independencia de los poderes públicos.
Si ese fuera el oscuro proyecto, el maléfico Petro no habría esperado hasta el final de su mandato —corriendo además el riesgo de perder las elecciones— para iniciar el proceso que nos conduciría al infierno comunista. Un auténtico tirano no deja las cosas para el último momento.
Cambiarles el sexo a los colombianos
La izquierda castrochavista, narcotraficante, terrorista y atea —según sus detractores— estaría usando la educación para convencer a los niños de cambiarse de sexo. Otro cuento abelardiano.
Lo que hacen las instituciones educativas colombianas no es obedecer órdenes de Petro; es aplicar la Constitución (artículos 13, 44 y 67) y cumplir las sentencias de la Corte Constitucional, que obligan a prevenir toda discriminación basada en el sexo o la orientación sexual y a garantizar el derecho a la educación de todos los estudiantes, incluidos aquellos que se identifican como transgénero. Hacer cumplir la ley y promover la convivencia no es adoctrinamiento. Es el ejercicio democrático del poder.
La empresa privada en peligro
El abelardismo uribista repite hasta el cansancio que la izquierda quiere acabar con la empresa privada y estatizar la economía. Cuando algunos afirman que Iván Cepeda “quiere nacionalizar la salud” proponiendo la eliminación de las EPS, buscan confundir dos conceptos diferentes.
Nacionalizar es tomar el control de empresas privadas. Reformar es corregir un modelo administrativo que hoy perjudica a millones de colombianos.
La propuesta de Cepeda no implica la expropiación de clínicas, ni la transformación de hospitales privados en entidades públicas, ni la desaparición de los servicios privados. Propone una solución más sencilla y transparente: que los recursos de la salud dejen de pasar por intermediarios privados y que el Estado pague directamente a los prestadores de servicios, como ocurre en la mayoría de los sistemas de salud modernos.
Complicidad con los grupos armados
Según los abelardistas y los uribistas, la violencia habría aumentado gracias a la complicidad del Gobierno. Es innegable que la Paz Total no ha tenido éxito; no se utilizó el método correcto; sin embargo, afirmar que Petro y Cepeda fingen promover la paz mientras alimentan secretamente la violencia ya raya en lo absurdo. Y todo lo que es excesivo termina siendo irrelevante.
La tiranía y el absolutismo
En varias ocasiones, De la Espriella ha declarado: “Vamos a derrotar la tiranía y el absolutismo”. Por sorprendente que parezca, son muchos los electores que asienten ingenuamente sin hacerse la menor pregunta sobre esa supuesta tiranía.
Es precisamente gracias a la democracia colombiana que Abelardo puede expresar libremente sus opiniones; de lo contrario, ya estaría en prisión, al igual que Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal y Paloma Valencia, por citar solo algunos nombres, sin mencionar a periodistas como Vicky Dávila. No habría habido elecciones, o Cepeda —o Petro— habría sido elegido en primera vuelta.
La corrupción de la izquierda
Para la derecha y la ultraderecha, la corrupción sería un vicio exclusivo de la izquierda: sería corrupta por el mero hecho de ser de izquierda. La triste realidad es que la corrupción es un deporte nacional practicado por todos los partidos y en todos los niveles del poder. Desde los alcaldes de pequeños y grandes municipios hasta los gobernadores y el Gobierno central, sin olvidar la corrupción del sector privado en sus relaciones con el Estado. No existe vacuna contra ese virus.
Podríamos mencionar muchas otras falsas verdades, pero no alarguemos más este artículo. Volveremos sobre ellas.