Entre el ser y el parecer: una gran decepción

Sentí una profunda decepción al término de la primera vuelta y, como es natural, el sinsabor fue aún mayor con los resultados de la segunda. Quería que el sucesor de Petro fuera Iván Cepeda. No por el simple hecho de ser de izquierda, sino porque su programa —bajo mis criterios, desde luego— es muy superior al de Abelardo de la Espriella: está mejor estructurado, es más detallado y responde mejor a las necesidades reales del país.

En cambio, desconfío plenamente del programa de de la Espriella, que no es otra cosa que las recetas ya conocidas del neoliberalismo ortodoxo: reducción del Estado, la deificación del mercado, recelo hacia el sector público y una retórica iliberal que fragmenta el escenario político entre amigos y enemigos.

Lo que más me choca de este escenario es:

El retroceso histórico: que un candidato de extrema derecha se imponga a uno de izquierda. La historia no registra el primer caso en que la extrema derecha haya traído bienestar real a los ciudadanos. Al ver los referentes del presidente electo, el panorama es sombrío: Milei, Kast, Noboa, Fujimori, Bolsonaro, Bukele, Netanyahu y Trump; hay motivos de sobra para hundirse en el pesimismo.

La caricaturización de la izquierda: Quienes pretenden demostrar que la izquierda no lo hace mejor son los mismos que repiten incansablemente una mentira: que Cepeda es comunista, sin molestarse en explicar por qué. Insisten en que con él Colombia se convertirá en una Venezuela o en otra Cuba. Los abelardistas, junto con los uribistas e incluso los sectores de centro, lograron vender la idea de que solo existe una izquierda: la comunista, lo cual es falso. Tanto Cepeda como Petro son socialdemócratas, al igual que sus programas de gobierno.

El contraste de caracteres: que el elegido sea una figura como Abelardo de la Espriella. En cuanto a estilo y retórica, prefiero mil veces la propuesta de Iván Cepeda: sobriedad, gravedad y legitimidad moral. Su tono es calmado, bajo, casi monacal. Privilegia la pausa, la dicción pausada, la frase larga y la argumentación sólida. Cepeda no habla de sí mismo ni se pone en escena; no apela a la emoción en bruto, sino a una emoción que pasa por la dignidad, la gravedad y la memoria.

El estilo de de la Espriella es la antítesis: espectáculo, polarización y autoafirmación. Su tono es rimbombante, agresivo y teatral; su ritmo es rápido, plagado de eslóganes y narcisismo. Se esfuerza demasiado por proyectar una imagen de virilidad, habla excesivamente de sí mismo y disfruta humillar al adversario.

El ser y el parecer

Con frecuencia, el candidato elegido no es el mejor, sino el que mejor sabe venderse. Es el eterno dilema entre el ser y el parecer. Es lamentable la derrota de Cepeda, pues habría podido ganar sin mayor esfuerzo si no hubiera cometido ciertos pasos en falso en la estrategia de comunicación de su campaña.

Es innegable que la campaña digital de de la Espriella fue más moderna, entretenida, colorida, folclórica y «chévere». Pero es imposible imaginarse a Cepeda usando los sombreritos de Abelardo, bailando cumbia o salsa en las calles para dárselas de popular, o adoptando el lenguaje del «man bacano» y «parcero» que tanto explota su rival.

El ser y el parecer revelan una paradoja: para ganar, no basta con ser competente; hay que parecerlo. Y parecerlo exige dominar el arte de la ilusión: gestos, narrativas, símbolos, escenografías. El electorado no elige únicamente programas, sino personajes. La apariencia se convierte entonces en una forma de capital político.

A esto hay que añadir el peso de la posverdad: el triunfo de la emoción sobre la racionalidad, del eslogan sobre el argumento, de la mentira sobre la verdad y de la ignorancia sobre el conocimiento. Estos factores terminan construyendo un mundo paralelo que, paradójicamente, decidirá el rumbo de los problemas que sí son reales.

Para Nietzsche, la política es el triunfo de los “artistas de la ilusión”. No gana el más fuerte en sentido vital, sino el que domina mejor el arte de producir efectos. La apariencia no es un accidente: es una forma de poder. El candidato elegido no es necesariamente el más profundo, sino el que comprende que la verdad no mueve masas, pero la interpretación sí. La frase «ser y parecer» revela una genealogía del liderazgo: no gobierna quien es, sino quien impone su versión de sí mismo.

Un voto de confianza con reservas

Dicho esto, aunque el resultado electoral me genere pesimismo, temor y desconfianza, no le deseo el fracaso a Abelardo de la Espriella en la presidencia solo por el ego de tener razón; al fin y al cabo, serían los colombianos quienes pagarían los platos rotos.

Al contrario: nada me daría más gusto que ver convertida la «Patria Milagro» en una realidad benéfica para todos al cabo de estos cuatro años. Si ese día llega —lo dudo—, no tendré reparo en admitir mi error y decir: «Me equivoqué, viva el presidente, viva el neoliberalismo y viva el iliberalismo».

Por ahora, amanecerá y veremos.

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