Si Abelardo de la Espriella es presidente de Colombia por la gracia de Dios, me permitiré reflexionar sobre su gobierno como si esa afirmación fuera cierta, tal como parecen creer muchos de sus seguidores. Aun así, quedan algunas preguntas que vale la pena formular.
La elección divina
Según Abelardo de la Espriella, Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, lo habría escogido para dirigir los destinos de Colombia. Él mismo lo ha afirmado en repetidas ocasiones y seguramente seguirá recordándoles a los colombianos que su mandato no proviene únicamente de las urnas, sino también del cielo. Y si más adelante decide buscar la reelección, podría alegar que una misión divina no se interrumpe a mitad de camino, siguiendo el ejemplo de su referente político, Álvaro Uribe Vélez, quien, a su vez, es devoto de la Virgen de los Remedios.
Que Dios decida intervenir en los asuntos colombianos podría parecer una excelente noticia. Sin embargo, algunos detalles invitan al escepticismo.
Preguntas sin respuesta
¿Cómo sabemos que Dios escogió a Abelardo?
En realidad, no lo sabemos. El primero en mencionar esa supuesta “iniciativa divina” fue el propio Abelardo. Después vinieron quienes le creyeron, quienes prefirieron no ponerla en duda y quienes, sencillamente, la consideraron una estrategia política.
Naturalmente, los simpatizantes del Pacto Histórico no compartieron semejante convicción. Después de todo, en ciertos sectores políticos parece haber la costumbre de atribuirle al adversario una estrecha relación con el diablo.
¿A quién más le reveló Dios su decisión?
Todo indica que Carlos Alonso Lucio conoce, al menos parcialmente, los designios celestiales. En una entrevista con la revista Semana afirmó:
«Nunca, en el fondo del alma, incluso en los momentos más difíciles, tuvimos dudas sobre la victoria que Dios tenía en sus manos para el presidente Abelardo y para el vicepresidente José Manuel.»
La afirmación sugiere una notable familiaridad con los planes del Altísimo. Sin embargo, Lucio no explicó cómo obtuvo semejante información.
Tampoco queda claro si propuestas como juzgar o extraditar a Gustavo Petro nacieron de una inspiración divina, de una convicción política o de una mezcla de ambas.
¿Cómo supo Abelardo que había sido elegido?
En uno de sus vídeos asegura haber recibido una revelación divina, aunque nunca explica en qué consistió exactamente.
¿Fue una voz? ¿Una aparición? ¿Un sueño? ¿Un mensaje del Arcángel Gabriel? ¿Una experiencia mística imposible de describir? Tal vez ocurrió algo parecido a la visión atribuida al emperador Constantino antes de la batalla del puente Milvio, cuando habría visto una cruz luminosa acompañada de la frase In hoc signo vinces («Con este signo vencerás»).
En el caso de Abelardo, nadie sabe cuál fue la señal. Y todo indica que seguirá siendo un misterio.
¿Por qué Dios habría escogido precisamente a Abelardo?
La respuesta más sencilla sería recurrir a la conocida expresión: «Los designios de Dios son inescrutables». Pero también caben otras hipótesis.
Abelardo ha contado que durante algún tiempo fue ateo. Posteriormente, la muerte de una tía profundamente creyente habría marcado un punto de inflexión en su vida espiritual. Ese episodio sería, para él, una especie de camino de Damasco, semejante al de Saulo antes de convertirse en el apóstol Pablo.
Desde entonces se presenta como un católico practicante, con un lenguaje y un fervor que recuerdan a ciertos predicadores evangélicos.
Además, suele describirse como un hombre ejemplar: buen hijo, buen esposo, buen padre, buen amigo, buen promotor inmobiliario, buen fabricante de vinos y ron, buen cantante, buen patriota y poseedor de otros talentos. Y, sobre todo, como un símbolo de virilidad: un macho entre los machos, “un hombre con cojones cuyo peso le impidió crecer más alto», según sus propias palabras. Su lema es igualmente explícito: “Todo con Dios. Nada sin Dios”.
Conmovido por tantas virtudes, Dios lo habría elegido para convertir a Colombia en un «País Milagro», bajo la consigna «Dios, patria y familia».
¿Qué le dijo Dios exactamente?
Dios le dijo lo que Abelardo dice que Dios le dijo: «¡Abelardo, salve usted la patria!». Y muchos le creyeron. Sobre otras revelaciones o instrucciones, nada se sabe. Es probable que ese diálogo entre Dios y Abelardo siga siendo un misterio.
Consecuencias de un mandato divino
Con un presidente convencido de haber sido escogido directamente por Dios para gobernar, podrían surgir algunas consecuencias previsibles.
La oposición podría convertirse en un problema teológico.
Si el gobernante actúa por mandato divino, hacerle oposición podría interpretarse como una forma de oponerse a Dios.
Las teocracias ofrecen ejemplos de esa lógica. En Irán, por ejemplo, desafiar al régimen es una ofensa contra Dios mismo que suele castigarse con la pena de muerte.
Colombia, por supuesto, no es una teocracia. Sin embargo, el propio Abelardo ha utilizado en distintas ocasiones un lenguaje particularmente agresivo contra sus adversarios políticos, a quienes ha calificado con expresiones como «criminales», «terroristas», «narcotraficantes», «sarnosos» o ha prometido “destriparlos”.
El pluralismo religioso podría quedar en segundo plano
Abelardo ha insistido en que su lucha no es únicamente política, sino también espiritual.
Ese combate plantea una inquietud evidente: ¿qué lugar ocuparían quienes profesan otras religiones o quienes no profesan ninguna?
La situación de los ateos podría resultar especialmente incómoda. En ciertos discursos políticos, parecería existir una curiosa cadena lógica: si alguien no cree en Dios, seguramente es de izquierda; si es de izquierda, entonces es comunista; y si es comunista, representa el mal.
Carlos Alonso Lucio reforzó esa narrativa cuando afirmó:
«Gloria a Dios porque, en medio del diluvio, nos permitió construir un Arca de Noé para Colombia.»
La imagen resulta poderosa: el nuevo gobierno sería el arca que salvaría a los justos mientras el resto del sistema político permanecería fuera, a merced del diluvio.
La Constitución podría convertirse en un obstáculo
En varias ocasiones, Abelardo ha manifestado la intención de imponer la enseñanza de la religión en todos los colegios del país.
Surgen entonces varias preguntas. ¿De qué religión? ¿La católica? ¿La evangélica? ¿La ortodoxa? ¿La judía? ¿La musulmana? ¿O alguna otra?
Conviene recordarle al presidente electo que, según la Constitución, la enseñanza religiosa no es obligatoria en los colegios públicos. Ningún estudiante está obligado a tomarla.
El artículo 13 prohíbe la discriminación por motivos religiosos.
El artículo 19 garantiza la libertad de cultos y reconoce la igualdad de todas las confesiones ante la ley.
Por su parte, en la Sentencia T-357 de 2024, la Corte Constitucional recordó dos conceptos fundamentales:
La libertad de cultos protege el derecho de cada persona a profesar una religión o a no profesar ninguna.
El principio de laicidad exige que el Estado permanezca neutral frente a todas las confesiones religiosas.
Desde esa perspectiva, la idea de consagrar oficialmente el país a la Virgen de Chiquinquirá o de promover una confesión específica desde el poder público suscita inevitables interrogantes sobre la neutralidad religiosa del Estado.
Conclusión:
Un presidente elegido por Dios. Un gobernante convencido de que su misión consiste en salvar a Colombia de la amenaza diabólica del Pacto Histórico. Un defensor de «Dios, patria y familia». Un modelo de virtudes que hace llorar a tantos colombianos cuando lo ven rezarle a la Virgen. Un hombre que presenta la política como una batalla espiritual entre el bien y el mal.
Ese hombre, que no es otro que Abelardo, podría inspirarse en la Epístola a los Romanos (13:1-7) y ponerla en práctica:
«Solo Dios puede dar autoridad a una persona, y es él quien les ha dado poder a los gobernantes que tenemos. (…) Quien no obedece a los gobernantes se opone a lo que Dios ordena. (…) Si ustedes se portan mal, ¡pónganse a temblar!, porque la espada que llevan no es de adorno. Ellos están para servir a Dios, pero también para castigar a los que hacen el mal.”
Si ese pasaje llegara a convertirse en programa de gobierno, más de un colombiano tendría motivos para preguntarse si la democracia sigue descansando en la voluntad popular… o en una revelación privada.
Ora pro nobis.
Para profundizar, les recomiendo el artículo del 17 de febrero: «El candidato de Dios».