Siempre tengo razón… cuando no me equivoco. Usted es lo contrario.

La oposición repite, como si fuera un dogma, que el gobierno de Gustavo Petro es el peor de la historia de Colombia: peor que todos los anteriores, ya fueran de derecha o de extrema derecha. Petro y sus seguidores responden que no, que lo peor ya quedó atrás. Dos certezas absolutas enfrentadas. Dos trincheras. Dos relatos refractarios.

Si usted votó por Abelardo y yo por Cepeda, supongamos que queremos discutir para responder a una pregunta elemental: «¿Es cierto?». Y ahí comienza el verdadero problema.

¿Discutir para qué?

La experiencia demuestra que modificar las convicciones políticas o religiosas de alguien es, en la mayoría de los casos, una misión imposible. Por eso, los textos que escribo no buscan persuadir ni convertir. Mi propósito es más modesto: pensar en voz alta, explorar dudas y proponer hipótesis.

Si lo que queremos es «ganar» una discusión, ya perdimos. Será un diálogo de sordos: sarcasmos, medias verdades, sesgos cognitivos y conclusiones que solo refuerzan las posiciones iniciales. No habrá diálogo, sino dos monólogos paralelos.

Ese tipo de discusión es aburrida, una pérdida de tiempo. Y no la tendremos.

El diálogo —el de verdad— solo es posible cuando existe disposición para comprender al otro, revisar las propias certezas y admitir la complejidad de la política. Sin embargo, este tipo de conversación es excepcional porque exige renunciar a ciertos automatismos cognitivos profundamente arraigados, que además inhiben el pensamiento crítico:

Ver el mundo en blanco y negro.

Pretender que todo lo que no es bueno al 100% es malo al 100% es un absurdo. Lo exagerado no es creíble. Si todo es perfectible, es porque nada es perfecto. Si usted cree que no hay absolutamente nada bueno en el gobierno de Petro, es porque quiere que sea malo. Usted ve la realidad como le conviene verla.

Justificar una falta con otra.

Las faltas de unos no justifican las faltas de otros. La corrupción en el partido A no excusa la corrupción en el partido B. Lo máximo que podría decir el partido B es: «El partido A no tiene autoridad moral para dar lecciones». Y si usted afirma que el partido de su preferencia no tiene nada que reprocharse, lo mínimo que puede decirse es que está mal informado. La corrupción es una pandemia que no perdona a ningún bando. Y si existiera una vacuna, no faltarían los conspiracionistas que negaran su eficacia.

Confundir error con falta.

Equivocarse es humano; transgredir una norma es otra cosa. Si le echo sal a su café creyendo que es azúcar, es un error; si lo hago a propósito, es una falta.

La “Paz Total”: ¿falta o error?

Para los sectores antipetristas, la «paz total» es una falta: una política deliberadamente orientada a favorecer a los grupos armados. Esta interpretación presupone intencionalidad criminal. Es una acusación grave.

Pero hay otra posibilidad —quizás menos atractiva para los críticos—: que Petro y Cepeda buscaban la paz de buena fe, pero fracasaron por errores estratégicos o por incapacidad operativa.

Si realmente no querían la paz, ¿cuál era su verdadero objetivo? Y si esos grupos armados eran aliados, ¿por qué no hicieron ningún gesto positivo, algo políticamente aceptable para ayudarlos a ganar las elecciones?

La presunción de inocencia: el principio que todos violan cuando les conviene

El artículo 29 de la Constitución es claro: «Toda persona se presume inocente mientras no se la haya declarado judicialmente culpable». En otros términos: todos somos inocentes mientras no se pruebe lo contrario. Este principio no es solo jurídico: es un criterio mínimo de racionalidad.

La Fiscalía debe probar la responsabilidad del imputado.
El acusado no tiene que demostrar su inocencia.
La duda favorece al procesado.

Si usted cree, como Abelardo, que Petro ordenó el asesinato de Miguel Uribe Turbay, es porque tiene pruebas. ¿No las tiene? Entonces no es una acusación: es un rumor. Y los rumores no son argumentos. Como esta acusación, hay y habrá muchas otras.

Lo que se afirma sin pruebas puede negarse sin pruebas. Espere a que la justicia se pronuncie. El nuevo presidente tendrá tiempo de sobra para denunciar a Petro y solicitar su extradición si resulta culpable.

Por el mismo principio, me abstengo de acusar a Abelardo de la Espriella de corrupción o de paramilitarismo sin pruebas. Primero la justicia, después la opinión.

Podríamos mencionar otros automatismos, falacias o sesgos cognitivos a los que deberíamos renunciar si queremos tener una discusión racional, pero ¿queremos tenerla realmente?

Conclusión

En política, lo que importa no es lo que ocurre, sino lo que la gente cree que ocurre… o lo que quiere que ocurra. Y quien no está de acuerdo conmigo se convierte en el enemigo.

A través de estas reflexiones he querido mostrar un ejemplo de lo que normalmente es una discusión en la que los partidarios, obnubilados por sus emociones, van en contra de la razón cuando intentan modificar la realidad para complacer sus prejuicios y sus pasiones tristes.

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