Los electores del Pacto Histórico atraviesan un momento de desconsuelo nacional: Iván Cepeda perdió las elecciones y Abelardo de la Espriella resultó vencedor. La derrota del primero se explica, en buena medida, por los errores acumulados del presidente Gustavo Petro; el triunfo del segundo, por esas mismas razones y por la eficacia comunicativa de su campaña.
En las últimas semanas, tanto sectores de izquierda como de derecha han emprendido ejercicios de balance sobre el gobierno progresista y especulaciones sobre la anunciada «patria milagro». Como suele ocurrir en este tipo de evaluaciones, predominan las lecturas sesgadas: unos magnifican los aciertos, otros sobredimensionan los fracasos. Si aspiramos a una valoración mínimamente objetiva, debemos reconocer que el periodo estuvo marcado por logros, limitaciones y errores de diversa magnitud.
Pero ¿qué significa ser objetivo en política? La objetividad se ubicaría en un punto intermedio entre la crítica implacable de la oposición y el elogio desmesurado del Pacto Histórico. Identificar ese punto es, precisamente, el desafío de cualquier evaluación seria de un gobierno saliente.
Se suele afirmar que basta con acudir a datos de entidades técnicas —el DANE, el SEN, entre otras— o a análisis de expertos reconocidos por su rigor metodológico. Sin embargo, la experiencia demuestra que actores políticos, periodistas, académicos y ciudadanos interpretan los mismos datos de manera divergente, cuando no abiertamente contradictoria. La evidencia empírica, por sí sola, no garantiza consensos.
Políticas intrínsecamente valiosas
Existen políticas cuyo valor es, en términos generales, indiscutible: reducir el desempleo, la pobreza, la criminalidad y la corrupción; ampliar la inversión en educación; facilitar el acceso a la vivienda digna. Son objetivos que, por su naturaleza, gozan de amplio respaldo social.
Políticas dependientes del sujeto que evalúa
Otras medidas generan divisiones profundas:
Incrementar la tributación a los sectores de mayores ingresos, fortalecer los derechos laborales o aumentar el salario mínimo suele ser aceptado por los sectores populares y rechazado por las élites económicas.
La despenalización del aborto, aunque respaldada por amplios sectores, no es aceptada por todas las mujeres.
La protección de minorías es defendida por la izquierda, pero rechazada por la derecha y la ultraderecha.
A ello se suma un fenómeno recurrente: los ganadores tienden al triunfalismo y los perdedores a la victimización. El insulto, recurso fácil y accesible, sustituye con frecuencia la argumentación. La deliberación pública pierde altura y se vuelve un campo fértil para la polarización. En ese contexto, construir balances desapasionados es casi imposible.
Por eso no existe una evaluación del gobierno aceptable por todos.
El programa y su ejecución
El programa de la izquierda era sólido. Lo sigue siendo. El problema radicó en su ejecución. Petro, según críticos de todos los sectores —incluidos algunos dentro de su propio movimiento—, no logró traducir ese programa en una gestión coherente y eficaz. A ello se sumaron obstáculos institucionales y políticos que excedían su control. Y, sobre todo, el poder real siempre estuvo en manos de los de siempre.
Los fracasos más significativos
La «paz total»
La política de «paz total» fue, en términos generales, un fracaso. Así lo sostienen la derecha y la ultraderecha, aunque conviene matizar:
La violencia que afecta a Colombia no surgió en agosto de 2022; es el resultado acumulado de décadas de conflicto y de políticas estatales insuficientes.
El fracaso no se explica por una supuesta connivencia de la izquierda con los grupos armados, como afirma la oposición, sino por una estrategia mal diseñada.
Esos mismos críticos se abstienen de explicarnos por qué los gobiernos y el Ejército, antes de agosto de 2022, apoyados por Estados Unidos, no lograron imponer la paz y la autoridad. Las fuerzas armadas colombianas son, desde antes de 2022, la segunda potencia militar latinoamericana después de Brasil y la primera en número de efectivos: 429.000.
La reforma a la salud
El diagnóstico era correcto: las EPS debían desaparecer para avanzar hacia un sistema plenamente público. La salud no puede ser tratada como un negocio. Sin embargo, tras el hundimiento del proyecto en el Senado, el gobierno permitió que el sistema se deteriorara sin ofrecer una alternativa viable. Fue un fracaso, aunque la oposición se dedicó sistemáticamente a bloquear la reforma. Con todo, como señaló La Silla Vacía, «no todo fue malo».
La corrupción
Petro prometió combatir la corrupción sin descanso. No obstante, esta persistió durante su mandato. Sus detractores lo califican de «el gobierno más corrupto de la historia», aunque no explican cómo llegaron a esa conclusión comparativa.
El error de Petro fue sugerir que la corrupción es un vicio exclusivo de los partidos tradicionales y ajeno a la izquierda. La evidencia histórica demuestra lo contrario: la corrupción es un fenómeno estructural, presente en todos los sistemas políticos, ideologías y estratos sociales. Cada gobierno promete erradicarla; cada gobierno fracasa. Tal vez quienes deben combatirla terminan seducidos por ella.
El poder, el dinero y el sexo —alianza clásica— son tentaciones difíciles de resistir.
Hay incorruptibles por convicción. Otros lo son por miedo a no serlo. Algunos son honestos hasta cierta cifra; un poco más y piden tiempo para pensarlo. Se dice que todos tienen un precio. Otros son deshonestos sin más, y solo lamentan ser descubiertos.
¿Soy honesto? ¿Lo es usted?
La pregunta es tramposa. Si afirmo que soy corrupto, me creerán porque lo digo. Si afirmo que soy honesto, no me creerán porque los corruptos mienten.
¿Tengo un precio que derrumbaría mis principios? No lo sé. Nadie me ha ofrecido una suma capaz de ponerlos a prueba. Nunca he necesitado corromper a nadie ni he estado en condiciones de hacerlo. Tal vez soy honesto por falta de oportunidades para dejar de serlo.
¿Y usted? ¿Cuántas veces ha sobornado a un policía para que deje caer la multa que le impuso por pasar el semáforo en rojo? ¿O es usted el empleado que se deja sobornar?
El estilo Petro
Comparto el programa del Pacto Histórico y el de Iván Cepeda, aunque nunca me convenció el estilo de Gustavo Petro ni varias de sus decisiones. Así lo expresé en un artículo de febrero 2026.
Su agresividad verbal, su actitud confrontativa y su necesidad permanente de polemizar desgastaban la comunicación presidencial. Sus discursos, a menudo erráticos y lunáticos, dificultaban la transmisión de ideas claras. El de más de cuatro horas en la inauguración del Hospital San Juan de Dios, el 27 de enero de 2026, fue un ejemplo extremo.
Su uso compulsivo de X (Twitter) para responder a cualquier crítica tampoco contribuyó a la estabilidad institucional.
Además, fue ingenuo pedir a soldados estadounidenses que desobedecieran a Donald Trump en su propio territorio. La consecuencia —su inclusión en la lista Clinton— era previsible.
Y, por encima de todo, nunca me convenció su famoso lápiz amarillo.
Para concluir
No detallo los aciertos del gobierno. Los hubo, aunque incomoden a sus opositores.
A quienes deseen informarse sin sesgos, les recomiendo no limitarse a los balances de Semana ni a videos de 90 segundos en X, TikTok, Instagram o Facebook. Es preferible acudir a medios más objetivos, rigurosos e independientes y consultar informes del DANE y otros centros de investigación.
Si aquí me concentré en los fracasos y en el estilo de Petro, fue para mostrar que es posible adherirse a una plataforma política sin renunciar al espíritu crítico. La militancia no exige ceguera.
Sigo convencido de que un programa como el de Iván Cepeda es más favorable para los sectores populares que el de Abelardo de la Espriella, en un país que, desde hace mucho tiempo, es uno de los más desiguales del mundo.