En toda campaña presidencial, el arte consiste en seducir al electorado, aunque después —ya en el poder— llegue, casi siempre, la decepción. Seamos realistas: así ha sido y así seguirá siendo. El problema surge cuando algunos candidatos sobrepasan los límites de lo aceptable.
La trampa de Abelardo de la Espriella es tan antigua como la política misma y tan simple como eficaz: no necesita ser el mejor, basta con que los votantes lo crean. Para entenderla, conviene examinar sus motivaciones, objetivos y, sobre todo, sus métodos.
Sus motivaciones
Abelardo se presenta como un hombre que lo ha logrado todo: fabricante de ron, de vino, de ropa, promotor inmobiliario… y, además, es rico y no duda en ostentarlo. Si tuvo éxito como empresario —según él mismo lo afirma—, ¿por qué no lo tendría como presidente? Con él, Colombia se convertiría, por supuesto, en el «país milagro». Más de 10 millones de electores ven en ese éxito una señal de que el futuro será próspero.
Sus objetivos
Son, en esencia, los mismos que los de otros candidatos: combatir la corrupción, el desempleo, la inseguridad, el narcotráfico, generar riqueza, aumentar el poder adquisitivo… Pero hay algunos que lo distinguen de Cepeda:
1. Gestionar el Estado como una empresa y aplicar políticas neoliberales
Propone aplicar al Estado el modelo de gestión del sector inmobiliario, del que él proviene. No es una idea original: Trump ya la planteó en 2016. El problema es que un país no puede administrarse como una empresa, cuyo objetivo principal es maximizar utilidades reduciendo costos. El Estado, en cambio, debe velar por el bienestar ciudadano y la cohesión social, sin descuidar, claro está, la economía.
2. Salvar a la patria y a la familia del «comunismo castrochavista»
El discurso es conocido: el comunismo es el responsable de todos los males del país, y Abelardo de la Espriella es el llamado a solucionarlos. Ojalá explicara en qué consiste el supuesto comunismo de Petro o de Cepeda, pero nunca lo ha hecho, ni él ni nadie. Sin embargo, la gente lo cree sin cuestionarlo.
3. Mano dura contra el narcotráfico y los grupos armados
Según él, el gobierno no solo ha fracasado, sino que ha sido cómplice de grupos criminales como el ELN, las FARC, el Clan del Golfo y otras bandas, con las que se asoció en el famoso Pacto de La Picota.
Su solución es sencilla: basta con tener la voluntad. Bombardear laboratorios clandestinos, fumigar cultivos ilícitos o sustituirlos por lícitos. Todo criminal que no se rinda será abatido. «Exigiré a los generales de las Fuerzas Armadas y de la Policía victorias concretas sobre diez blancos de alto valor en los primeros noventa días» —con el riesgo evidente de falsos positivos—, afirma en su página Defensores de la Patria. En fin, nada más fácil. La simplicidad de sus propuestas recuerda a las de Trump, quien prometía resolver guerras en 24 horas.
4. Acabar con la corrupción
Con la corrupción pasa lo mismo: ¿querer es poder? Ojalá de verdad la quiera combatir y, si es elegido, sus medidas sean efectivas. Pero soy escéptico. La corrupción no tiene ideología: es el denominador común de casi todos los políticos, con contadas excepciones. Sería un avance que, durante su mandato, al menos no aumentara, pero lo dudo, dado el opaco historial del candidato.
5. Eliminar la JEP
La JEP incomoda al uribismo. Duque no logró desmontarla; Abelardo promete hacerlo. La razón es clara: la JEP ha documentado miles de falsos positivos, una verdad incómoda para ciertos sectores que preferirían enterrar.
Su método
1. Instrumentalizar la religión
Abelardo era ateo hasta que, según él, encontró su camino de Damasco y dejó de serlo. Un día —no se sabe cuándo—, Dios le encomendó la misión de salvar al país. Desde entonces, se presenta como un mesías «firme por la patria». Además de contar con una misión divina, asegura tener el apoyo de Dios, lo que tranquiliza a sus electores. Para ellos, esta es su ventaja frente a Cepeda, a quien muchos supondrán ateo. Por eso, la mayoría de los creyentes ven en Cepeda a un peligroso comunista.
El problema es que más de 10 millones de electores creen este tipo de narrativas.
2. Construir la imagen de justiciero
Para lograrlo, adopta al tigre como su símbolo. En la simbología universal, el tigre representa fuerza bruta, agresividad controlada y coraje solitario. Para un candidato que quiere proyectarse como un hombre fuerte, es un recurso psicológico muy efectivo: sus seguidores creen, ingenuamente, que su líder es un tigre capaz de devorar de un bocado a Cepeda, el terrible comunista que amenaza al país.
3. Inventar una realidad inexistente
Según Abelardo, por culpa de la izquierda radical, nuestros principios, valores y tradiciones están en peligro.La familia ya no puede educar a sus hijos como quiere.
Los colegios incitan a los niños a cambiar de sexo.
Cepeda quiere destruir la empresa privada, la propiedad privada y la economía de libre mercado para convertir a Colombia en otra Venezuela o en otra Cuba.
La izquierda radical es cómplice de las bandas criminales y del aumento de la delincuencia.
El asesinato de Miguel Uribe es un crimen de Estado.Petro es un tirano.
No hay separación de poderes.
La prensa no es libre.
Y, para rematar: Cepeda es peor que Petro… porque es Cepeda.
Una vez más, la gente lo cree sin cuestionarlo.
4. Los «nunca» de siempre
Abelardo quiere hacernos creer que él y su equipo no son políticos tradicionales, sino los «nunca», inocentes de todo pecado, que jamás se han beneficiado del Estado, a diferencia de los «de siempre». Nada más alejado de la realidad. Basta con leer el artículo «Los políticos ‘de siempre’ en la campaña de Abelardo de la Espriella», publicado en La Silla Vacía, para comprobarlo.
5. El eslogan en lugar de los argumentos
Los eslóganes simples y cortos son efectivos en una campaña electoral. Circulan con facilidad, se graban en la memoria y son accesibles para un público que no tiene tiempo ni interés en leer un programa detallado. Además, en términos de movilización, el eslogan tiene una carga emocional que la argumentación racional suele carecer.
Sin embargo, su mayor desventaja es la simplificación: un eslogan elimina matices, condiciones y contraargumentos, y oculta las debilidades de una propuesta. Esto abre la puerta a la manipulación retórica (apelaciones al miedo, catastrofismo, oposiciones binarias como nosotros/ellos o orden/caos), que desplaza el debate del terreno de las ideas al de las emociones y los reflejos identitarios. Repetido con suficiente frecuencia, un eslogan puede parecer una verdad, independientemente de su validez.
Algunos ejemplos de los eslóganes de Abelardo de la Espriella:
«Somos los nunca que vamos a cambiar para siempre la política de los de siempre». Ya vimos que esto es falso.
«Para ayudar a los pobres, tenemos que ayudar a las empresas». Detrás de esta frase está la flexibilización laboral y sus consecuencias negativas para los trabajadores.
«No soy de extrema derecha. Soy de extrema coherencia».
«Firmes por la patria». Crea un sentimiento de pertenencia a una colectividad de patriotas que defienden el país de los ataques de los herederos de las FARC, Cepeda, Petro y el resto de la banda.
«O se rinde o lo doy de baja». Y la gente aplaude.
«Para que vean cómo muerde el tigre». Y la gente vuelve a aplaudir.
Conclusión
La trampa abelardiana funciona porque apela a emociones primarias: miedo, orgullo, fe, resentimiento. Y porque, en política, la verdad importa menos que la historia que se logra imponer.