Los llamados líderes de opinión —esa categoría que en Colombia suele otorgarse con más generosidad que rigor— exhiben, como mínimo, criterio propio y capacidad de análisis. No basta con tener visibilidad o seguidores: se espera una toma de posición. El pasado 18 de junio, “La Silla Vacía” publicó las intenciones de voto de 29 de estos personajes de cara a la segunda vuelta presidencial, y los resultados dicen más de lo que parece.
Dieciséis de ellos expresan abiertamente su apoyo a Cepeda o a de la Espriella, aunque algunos lo hagan con incomodidad o reservas. Eso, con todo, es positivo: toman una decisión. Asumen el costo de elegir. En cambio, el resto prefiere instalarse en una ambigüedad calculada, como si la indefinición fuera una forma superior de inteligencia política. No lo es. Es, en muchos casos, una forma elegante de evasión.
Porque no se trata de “prudencia” ni de “complejidad del contexto”, como suelen argumentar. Se trata, más bien, de una renuencia a asumir las consecuencias de una postura clara en un momento que exige definiciones. Deshojar la margarita públicamente —hablar de escenarios hipotéticos, de dudas infinitas, de equilibrios imposibles— es indecisión revestida de retórica.
Cuando estos líderes optan por la ambigüedad, no solo evitan comprometerse, sino que también desorientan a quienes los siguen. Y un liderazgo que no orienta, que no se arriesga, que no se expone, es un liderazgo vacío.
El voto en blanco, en este contexto, merece una crítica más frontal. No es una posición moralmente superior ni políticamente neutra. Es, en la práctica, una renuncia a incidir en el resultado. Y en una segunda vuelta —donde las opciones son necesariamente limitadas— esa renuncia tiene efectos concretos: privar de un voto al que nos parece menos malo de los dos y favorecer al otro.
Conviene decirlo sin rodeos: el candidato ideal no existe ni existirá. Nunca ha existido. La política real no funciona en el terreno de las preferencias perfectas, sino en el de las decisiones imperfectas. Y esas decisiones implican comparar, jerarquizar y, finalmente, elegir.
Quedarse en el voto en blanco o en la abstención bajo el argumento de que “ninguno me representa” es, en el fondo, una forma de eludir esa responsabilidad. Porque sí: ambos candidatos pueden ser problemáticos. Ambos pueden tener defectos serios. Pero afirmar —o insinuar— que son idénticos no resiste un análisis mínimamente riguroso. Siempre hay diferencias, y esas diferencias importan.
La idea de que todos son igualmente malos no es una conclusión analítica: es, muchas veces, una coartada. Una manera de evitar el desgaste de pensar, de comparar, de tomar partido. Pero la democracia no funciona con espectadores neutrales en momentos decisivos. Funciona con ciudadanos que, aun incómodos, eligen.
En lo que a mí respecta, no tengo dudas. Votaré por Iván Cepeda, aún reconociendo las críticas —varias de ellas legítimas— que se le han hecho. La razón es sencilla: en política no se elige entre el bien absoluto y el mal absoluto, sino entre proyectos, trayectorias y visiones de país. Y, en esa comparación concreta, prefiero a Cepeda antes que a un admirador de Milei, Kast, Bukele, Trump o Netanyahu, y de las prácticas políticas que estos encarnan.
No se trata de entusiasmo ciego, sino de una elección consciente dentro de un menú limitado. Eso es, en esencia, la democracia.
Ahora bien, no escribo esto desde una supuesta autoridad moral ni como un referente de opinión. No lo soy. Tampoco intento influir en su decisión. Apenas soy un ciudadano que, tras años de discutir sobre política, religión y otros temas menores, aprendí que cambiar la opinión de alguien es una tarea agotadora y, por lo general, infructuosa. Termina como un partido de fútbol sin goles: nadie gana, nadie pierde, nadie avanza, pero todos salen convencidos de tener razón.
Por eso no intento persuadir a nadie en particular. Pero sí cuestionar una actitud que se ha vuelto demasiado cómoda: la de quienes creen que no decidir también es una forma de decisión sofisticada. No lo es. En contextos como este, no decidir es, simplemente, dejar que otros decidan por usted.
Y, mientras tanto, el país no se detiene a esperar a que aparezca ese candidato perfecto que nunca llegará. Apostarle a esa espera es, en términos políticos, renunciar al presente. Es, sencillamente, perder el tiempo.