El hombre corcho

Hoy voy a describir al hombre corcho, un individuo que, al parecer, no puede faltar en ningún partido político. Me refiero a ese político —la versión femenina también existe— que, sin importar las circunstancias que lo rodean, tiene la capacidad de actuar oportunamente en beneficio de sus propios intereses. Milita en cualquier partido político que le dé la posibilidad de ser designado para cualquier cargo. No tiene amigos. Tiene aliados o cómplices.

El individuo, sediento de poder, ocupa una posición importante. Oportunista por extravío de la razón, falso por vocación y narcisista por deformación, se embriaga de sueños a la manera de los advenedizos. Su sonrisa artificial no es una sonrisa, sino una mueca, quizás dolorosa, ciertamente calculada. Es el signo exterior de una hipocresía mal disimulada o de una venganza en preparación. Le gusta rodearse de colaboradores sumisos, de perritos falderos y de aduladores.

Es el macho dominante, rodeado de machos dominados que le rinden gestos de lealtad. Su gusto desmedido por el poder es, sin discusión, el rasgo principal de su personalidad. No lucha por el poder; lo acecha; da vueltas a su alrededor, a la espera de la mínima ocasión, agazapado en la sombra, para sacarle provecho. No le gusta la línea recta, prefiere el zigzag, como las serpientes. No discute, cacarea. Flota sobre las aguas turbias como los corchos. Nunca se hunde. Hace parte del paisaje.

Sus modales son suaves, pero sin la elegancia moral de la generosidad ni la serenidad del olvido. Su rencor se alimenta de mezquindades y su vanidad se infla ante la menor manifestación de su poder. Su mirada bonachona no logra ocultar la perfidia de sus intenciones. Su voz cargada de trémolos vuelve sus discursos más penosos que la vacuidad de su escritura. Habla para infectar el verbo, para desvalorizar el adjetivo, para rebajar el sustantivo. Peor aún, se cree la voz que emerge de las profundidades de la nación cuando no es más que un susurro zalamero a la caza de votos. Es la voz de su amo y de su insoportable pedantería.

La opacidad de su espíritu se siente más a gusto en los conciliábulos que en las reuniones abiertas. Nada le es más ajeno que la aptitud para la elevación o la elegancia en su trato con los demás. Su alma, reconfortada por certezas insignificantes, se complace en su propia contemplación.

Lenta y subrepticiamente, mueve sus fichas, intriga y se ubica en el lugar oportuno hasta conseguir sus objetivos sin relación con sus méritos. A menudo la suerte acude en su ayuda, la misma suerte que, para sorpresa general, hace salir a los oportunistas de la sombra o los mantiene bajo los reflectores.

Tiene la sonrisa de los hipócritas, de los canallas, de los traidores, de los oportunistas, de los mercaderes de favores; la mirada opaca, húmeda, lechosa cuando no brilla de codicia; la serenidad de los pantanos; la seguridad por delegación de quienes lo protegen con desprecio y el miedo de quienes temen la cólera de su protector.

Se ufana y se contonea ante los pequeños, pero se calla e inclina ante los grandes. No actúa, sino que se agita y se pavonea, se menea y se retuerce. De él puede decirse que, de gobierno en gobierno, siempre flotará, como flotan los corchos aun en las aguas agitadas, pues es liviano como el alcornoque.

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