¿Son obsoletos los conceptos de izquierda y derecha?

El 24 de julio de 2026, Paloma Valencia afirmó que el Centro Democrático nunca ha sido un partido de derecha. La declaración no tardó en generar reacciones. Otros miembros de su colectividad salieron a rectificar: sí, eran de derecha. Y el concejal de Medellín Andrés “El Gury” Rodríguez —cuyo argumento más contundente suele ser su bate de béisbol— decidió aportar al debate toda la profundidad de su pensamiento político mediante un tuit: «Soy orgullosamente del @CeDemocratico, FURIBISTA y de EXTREMA DERECHA».

Paloma matizó: “Somos un partido que comparte algunas ideas con la derecha, pero tenemos una agenda social muy intensa, que incluso compartimos con sectores de izquierda”. Esa agenda, según ella, es “lo que tiene que hacer el Estado por los colombianos más pobres”. Aquí queda claro que, para Valencia, ocuparse de los pobres, reducir sus dificultades y pedirle al Estado que haga algo por ellos son características propias de la izquierda.

Entonces, Álvaro Uribe entró al debate con una frase lapidaria: “Izquierda y derecha son conceptos obsoletos”.

¿Realmente lo son?

Si Uribe y Valencia tienen razón, ¿qué queda en su lugar? Para responder, primero hay que definir qué son la izquierda y la derecha. Aunque hay matices —diferentes izquierdas y diferentes derechas—, la principal diferencia entre las dos está en cómo ven la desigualdad.

La derecha: la desigualdad como ley natural

Para la derecha, las desigualdades son naturales e inevitables o resultado de las diferencias individuales. No todos nacemos con las mismas capacidades, la misma suerte, la misma familia, las mismas oportunidades ni el mismo patrimonio. Las desigualdades sociales deben aceptarse prácticamente como vienen, porque intentar corregirlas mediante la acción del Estado sería interferir con el orden natural de las cosas. Esta idea tiene raíces filosóficas: Nietzsche sostenía que los seres humanos nacen desiguales, y que la sociedad, al intentar igualarlos artificialmente, perjudica al conjunto. Según esta visión:

El éxito depende exclusivamente del esfuerzo individual.
Los derechos son del individuo, no de los grupos.
El Estado debe intervenir lo menos posible y limitarse a garantizar la libertad y la seguridad de las personas.
El mercado libre es la mejor herramienta para organizar la economía: menos regulación, menos impuestos, más competitividad.
Los servicios públicos son un despilfarro: la salud, las pensiones y la educación deben estar en manos privadas.
La propiedad privada es sagrada, al punto de equipararse a valores como “Dios, Familia y Propiedad”.
Se oponen a derechos como el matrimonio igualitario, el aborto, la adopción homoparental o las políticas de género, a pesar de su discurso sobre libertades individuales. Es una libertad que debe ajustarse a sus condiciones.
El uso de la fuerza (policía, ejército) es la solución preferida para combatir la violencia, incluso a costa de vulnerar derechos humanos.
La política contra la inmigración es un pilar electoral: expulsar extranjeros —incluso a los que tienen documentos— es una promesa recurrente. Ejemplos: José Antonio Kast en Chile o la propuesta de Abelardo de la Espriella de deportar a venezolanos en situación irregular.
En política exterior, obedecen a Trump y Netanyahu (el gobierno de Abelardo es el único, junto con Estados Unidos, que reconoce la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán); en Europa, algunos sectores de extrema derecha simpatizan con Putin.
Muestran indiferencia —o incluso oposición— hacia todo lo relacionado con la preservación del medio ambiente y tienden, por ello, a privilegiar los intereses productivos y empresariales.

La izquierda: la desigualdad como construcción social.

Según la izquierda, la mayoría de las desigualdades no son naturales; son producto de la sociedad y, por tanto, pueden eliminarse. Aquí la referencia es Rousseau: los seres humanos nacen iguales, pero la sociedad los vuelve desiguales. Esto no significa que la igualdad absoluta sea posible, pero sí que el Estado debe intervenir para corregir las injusticias. ¿Por qué una persona debería tenerlo todo mientras otra no tiene siquiera lo necesario para vivir dignamente?

Desde esta perspectiva:
El Estado debe intervenir: su rol es garantizar condiciones dignas para todos, especialmente para los más vulnerables.
Los servicios públicos son un derecho, no un negocio: educación, salud y pensiones deben estar fuera del mercado para evitar que se conviertan en privilegios.
La propiedad privada tiene una dimensión social: no puede estar por encima del bien común.
Los impuestos pueden utilizarse para redistribuir la riqueza.
Las minorías deben disfrutar de los mismos derechos que el resto: igualdad de género, derechos sexuales y reproductivos, matrimonio igualitario, entre otros.
La violencia se combate con políticas sociales, no solo con fuerza policial.
En política exterior, suelen cuestionar la hegemonía de Estados Unidos y apoyar causas como la palestina.
Acusan a Israel de cometer un genocidio en la Franja de Gaza y de apropiarse de las tierras de los palestinos en la Cisjordania ocupada.

¿Por qué no son conceptos obsoletos?

Las categorías de izquierda y derecha no son obsoletas. Siguen siendo las coordenadas fundamentales para entender cómo se concibe la desigualdad, qué papel se asigna al Estado y qué modelo de sociedad se busca construir. Quienes afirman no ser “ni de izquierda ni de derecha” suelen ubicarse, en la práctica, en la derecha. François Mitterrand, presidente francés de 1981 a 1995, lo expresó con ironía: “El centro es una variedad blanda de la derecha”.

Cuando Álvaro Uribe dice que izquierda y derecha son conceptos obsoletos, podríamos responderle con una pregunta bastante sencilla:

¿Obsoletos para quién?

Porque para quien tiene una buena pensión, una buena atención médica, una vivienda propia, ingresos suficientes y un patrimonio considerable, la desigualdad puede parecer una cuestión sin importancia. Para quien no tiene nada de eso, es un problema de todos los días.

Y ahí está la verdadera diferencia.

La izquierda ve la desigualdad como un problema que debe corregirse. La derecha tiende a verla como una consecuencia natural de las diferencias entre los individuos.

En última instancia, la derecha promueve los intereses de quienes ya tienen poder; la izquierda defiende los derechos de quienes carecen de él. La derecha promueve los intereses de las clases acomodadas. La izquierda defiende los derechos de los más desfavorecidos y las minorías.

Mientras la desigualdad siga siendo el eje de nuestras sociedades, el debate entre izquierda y derecha seguirá siendo el corazón de la política.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Required fields are marked *