El comunismo que no existe, pero que asusta

El célebre silogismo de Sócrates no es obra del propio Sócrates, sino de Aristóteles, quien lo formuló para ilustrar la estructura lógica del razonamiento deductivo:

  • Premisa mayor: Todos los hombres son mortales.
  • Premisa menor: Sócrates es un hombre.
  • Conclusión: Luego, Sócrates es mortal.

Es evidente que, al argumentar conforme a las reglas de la lógica formal, no siempre usamos los mismos términos. Sin embargo, esa es la estructura subyacente de nuestros razonamientos deductivos, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Si en política discutiéramos con la lógica implacable del silogismo aristotélico, desaparecerían los falsos razonamientos. La política sería menos teatral y más analítica. Los debates serían más cortos, más precisos, más exigentes.

Pero los desacuerdos serían más nítidos, no menos importantes. En un mundo gobernado por la lógica, no discutiríamos con falacias: discutiríamos sobre valores incompatibles, prioridades irreconciliables, modelos de sociedad divergentes. La lógica no resuelve conflictos de valores; simplemente los ilumina.

La lógica deduce correctamente a partir de premisas. El problema en política no es la deducción: es qué premisas aceptamos. Si dos personas parten de premisas distintas, llegarán a conclusiones distintas, aunque razonen impecablemente. En política, las premisas son valores, prioridades, interpretaciones históricas, percepciones de riesgo, intereses materiales.

Sometida al imperio de la razón, la política probablemente sería una actividad poco emocionante, tanto para quienes la ejercen como para quienes la observan y la comentan. Los políticos se aburrirían, los comentaristas se quedarían sin drama y los electores se interesarían en otra cosa.

Afortunadamente —o lamentablemente— lo que más practicamos con entusiasmo, devoción y constancia para animar al respetable público y convertir la política en un carnaval son los falsos silogismos: paralogismos, sofismas, sesgos cognitivos, trampas retóricas, contradicciones internas en los discursos.

Uno de los sofismas estrella, muy presente en la campaña electoral, es el supuesto comunismo del Pacto Histórico, de Petro y de Cepeda, repetido sin descanso por uribistas y abelardistas, con la ayuda de varios periodistas, hasta convencer a un buen número de votantes. El silogismo subyacente sería:

  • Premisa mayor: Los comunistas son de izquierda.
  • Premisa menor: Petro y Cepeda son de izquierda.
  • Conclusión: Luego, Petro y Cepeda son comunistas.

Y si son comunistas, también son castrochavistas, y si son castrochavistas, convertirán a Colombia en Venezuela o en Cuba si votamos por Cepeda. Detalle menor: nadie ha explicado en qué consiste exactamente ese comunismo. Pero, bueno, ¿desde cuándo la política exige pruebas?

Trump también recurre al fantasma del comunismo para asustar a sus compatriotas. En su discurso por el 250 aniversario de Estados Unidos afirmó: «Estados Unidos jamás será un país comunista; eso no sucederá. El comunismo es un fracaso, y siempre lo será. Nos gusta detener una amenaza como esa de inmediato». Para rematar, aseguró que el comunismo es «como un cáncer: hay que extirparlo, hay que extirparlo rápido». Y, por supuesto, esa supuesta amenaza proviene del Partido Demócrata (que de comunista no tiene absolutamente nada).

Pero enseguida se contradice: aclara que el comunismo «no tiene ninguna posibilidad«. Entonces, ¿por qué es una amenaza? Si no tiene ninguna posibilidad, no hay nada que temer. Y si hay algo que temer, entonces sí tiene posibilidad. Trump no puede sostener las dos cosas a la vez, pero las dice igual, porque el miedo no necesita ser coherente para funcionar.

La respuesta es sencilla: Trump sabe que la mayoría de los estadounidenses desconoce qué es realmente el comunismo, y sembrar miedo es una estrategia que funciona —en Estados Unidos, en Colombia y en casi cualquier lugar del mundo. Infundir temor frente a un peligro inexistente suele ser eficaz; por eso se recurre a esa táctica una y otra vez.

El silogismo parece válido hasta que uno recuerda que no toda la izquierda es comunista. Existen socialdemócratas, ecologistas, socialistas democráticos y —para sorpresa de algunos— incluso marxistas que no son comunistas.

Otro razonamiento falaz muy de moda:

  • Premisa mayor: Quienes negocian con grupos armados son sus cómplices.
  • Premisa menor: Petro y Cepeda negocian con los grupos armados.
  • Conclusión: Luego, Petro y Cepeda son cómplices de los grupos armados.

El problema es que la premisa mayor es falsa. No se trata de negociaciones entre grupos armados, sino de discusiones entre el Gobierno de Colombia y esos grupos, en el marco de un proceso de paz.

La ultraderecha parece ignorar que este tipo de negociaciones no es nuevo en Colombia. Antes de la «Paz Total», hubo cinco grandes ciclos de intentos de paz:

Belisario Betancur (1982-1986): primer enfoque de paz negociada con múltiples guerrillas.
César Gaviria (1990-1994): desmovilización simultánea de varias guerrillas y apertura constitucional.
Andrés Pastrana (1998-2002): negociación con las FARC en una zona desmilitarizada de 42.000 km²; fracaso y ruptura en 2002.
Álvaro Uribe (2002-2010): proceso masivo con paramilitares y bandas criminales.
Juan Manuel Santos (2010-2018): negociación estructural con las FARC y acercamientos con el ELN.

Ninguno de esos presidentes fue acusado de complicidad con los grupos armados, salvo Álvaro Uribe, quien sí fue acusado de paramilitarismo.

Conclusión. El debate político —y en particular las campañas electorales— siempre estará contaminado por razonamientos falsos, con o sin intención de engañar. El problema es que, entre tanto sofisma, terminamos eligiendo a quienes gobernarán cuatro años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Required fields are marked *