Una estrategia común en política, especialmente durante las campañas electorales, consiste en fabricar un enemigo imaginario para justificar todos los medios empleados contra él. Rebajar al adversario resulta más sencillo que elevar el propio nivel. La derecha y la extrema derecha son maestras en este ejercicio. Las mentiras, las medias verdades y las simplificaciones son sus herramientas predilectas para sembrar la confusión. Un concentrado de esto se encuentra en los discursos de grupos como «Defensores de la Patria», aunque la estrategia también es habitual en voces como Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal, Paloma Valencia o Polo Polo. Un ejemplo recurrente de esta táctica es la diabolización de la izquierda.
El libreto es conocido: el enemigo es la izquierda radical y comunista.
Todo lo que no sea extrema derecha es comunismo. No importa que la historia desmienta esa caricatura una y otra vez. San Juan XXIII – canonizado por Francisco – fue tildado de comunista por promover la paz; Francisco, por hablar de justicia social; y en Colombia, cualquier intento de discutir la función social de la propiedad desata ataques furiosos de las élites terratenientes. La etiqueta “comunista” funciona como un arma de destrucción masiva. Si para los católicos a la manera de María Fernanda Cabal los papas citados son marxistas, ¿que no serán Petro, Cepeda y los petristas?
Para estas personas, “los zurdos”, como los llaman, son necesariamente comunistas; si son comunistas, son ateos; si son ateos, son unos amorales; si son… La patria está entonces en peligro. Aunque este razonamiento es simplista hasta la caricatura, muchos caen en la trampa. Por eso se utiliza tan a menudo. En realidad, no tiene nada de sorprendente que existan comunistas creyentes y fascistas ateos. En cuanto a los inmorales, se encuentran en todas partes, incluso entre los más moralistas y donde menos se espera.
Ser de izquierda no implica necesariamente ser comunista. Es el caso de los socialdemócratas. Incluso hay marxistas que no son comunistas. La historia política ofrece ejemplos elocuentes. El “compromiso histórico” entre el Partido Comunista Italiano y el Partido Demócrata Cristiano permitió que este último gobernara Italia entre 1976 y 1979. En Colombia, el Pacto Histórico de Petro incluyó sectores de inspiración cristiana progresista. Y el Partido Conservador participó en su gobierno durante los primeros meses por razones de conveniencia política, no por afinidad ideológica. Las fronteras ideológicas son menos rígidas de lo que el discurso alarmista sugiere.
La izquierda radical: un espantapájaros político
La supuesta “izquierda radical” colombiana cumple una función simbólica: la del espantapájaros. Se afirma que pretende convertir al país en otra Venezuela, que busca “quitarnos la libertad”: de expresión, de empresa, de educación. El recurso es eficaz porque apela al temor antes que al análisis.
La evidencia dice otra cosa. La izquierda colombiana no es castro-chavista ni madurista. Es una izquierda reformista que no busca abolir el capitalismo ni instaurar un modelo colectivista. El propio Petro, tras su elección, habló de “hacer un capitalismo moderno”. Nada revolucionario: es el mismo liberalismo de Duque, Santos, Uribe o Pastrana, pero con mayor énfasis social y ecologista. El problema es que muchos electores no distinguen entre izquierda, derecha, centro-derecha y centro-izquierda, derecha y extrema derecha, izquierda moderada, izquierda radical, socialdemocracia y comunismo, populismos de derecha y de izquierda….
La desinformación sobre la reforma agraria
Un caso ilustrativo es la acusación de que Petro pretende suprimir la propiedad privada. María Fernanda Cabal, cuyo esposo preside Fedegán, afirmó que el gobierno buscaba expropiar tierras como prueba de su supuesto comunismo. Sin embargo, esa interpretación ignora elementos fundamentales de la propuesta. Su propuesta se basa en varios ejes:
- La extinción del derecho de propiedad sobre tierras adquiridas ilegalmente, especialmente aquellas vinculadas al narcotráfico o al desplazamiento forzado. Resultaría absurdo indemnizar a quienes se apropiaron de tierras mediante el crimen.
- Una reforma fiscal que grave las tierras improductivas para incentivar su uso o venta, sin expropiación directa.
- La formalización de títulos para campesinos que han trabajado la tierra durante años sin reconocimiento legal.
- La compra voluntaria de tierras por parte del Estado, a precio comercial, para redistribuirlas entre campesinos sin tierra o a comunidades rurales pobres.
Lejos de eliminar la propiedad privada, la propuesta busca ampliarla. Pretende que más personas sean propietarias, no menos. Quienes realmente la destruyeron son los grupos armados, los narcotraficantes y los terratenientes responsables de millones de desplazamientos y de entre 5,5 y 7 millones de hectáreas despojadas o abandonadas.
La ironía es evidente.
María Fernanda Cabal, católica declarada, acusa al petrismo de comunismo castro-chavista cuando lo que propone coincide con la doctrina social de la Iglesia. El Compendio de Doctrina Social afirma:
“177. La tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable”.
“178. La enseñanza social de la Iglesia exhorta a reconocer la función social de la propiedad…”.
Y, además, Petro se ajusta a la Constitución. El artículo 58 es claro:
“Por motivos de utilidad pública o de interés social… podrá haber expropiación mediante sentencia judicial e indemnización previa”.
¿Ha violado Petro la Constitución? No existen indicios de ello.
La pregunta de fondo, entonces, es otra: ¿es realmente la izquierda el principal adversario o se trata, más bien, de una fábula útil para movilizar temores?