¿Por quién votar el 31 de mayo?

I. La ilusión de una decisión fácil
¿Quiere usted votar por un candidato íntegro, inteligente, experimentado, carismático, con un programa que responda a las expectativas de todos los colombianos?
Parece sencillo, casi evidente.

Pues no lo es en absoluto. No hay nada fácil a la hora de encontrar esa aguja en un pajar, suponiendo que exista. Ahí empiezan precisamente los problemas. La lógica diría que deberíamos examinar las cualidades y los defectos, las virtudes y los vicios, las promesas y las amenazas de cada aspirante al cargo más importante del país, así como las posibles consecuencias de su programa en la vida de los colombianos durante los próximos cuatro años y más allá.

En política, la lógica es un animal mitológico: todo el mundo habla de ella, nadie la ha visto jamás. Sólo existe mi lógica, tu lógica, su lógica, nuestra lógica. Todas están influenciadas por nuestras percepciones de la realidad, a su vez moldeadas por los prejuicios heredados, los relatos mediáticos, las redes sociales, el entorno social, el nivel educativo, la clase, la religión… Y a veces tomamos decisiones como quien tropieza: sin saber muy bien cómo, mientras juramos que fue deliberado.

II. Juzgar a un candidato por lo que es

La mayoría de los electores no tiene más remedio que fiarse de lo que cuentan los medios, las redes sociales y la clase política, es decir, tres fuentes cuya fiabilidad se parece bastante a la de un charlatán.

Los medios controlados por los grandes capitales —Semana no es más que un ejemplo—, Uribe y los uribistas, Abelardo y Paloma, le dirán que Cepeda y los petristas son criminales, narcotraficantes, terroristas, cómplices de las FARC, corruptos.

Por su parte, Cepeda y los petristas afirman que los uribistas son narcotraficantes, paramilitares, responsables de los falsos positivos, corruptos.

A estas alturas, el elector se parece a un espectador atrapado entre dos compañías de teatro que se lanzan tomates.

¿A quién creerle? Quizás a nadie. Quizás a todos. Quizás la pregunta esté mal planteada.

III. Elegir un programa antes que una cara
Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia son los candidatos con más posibilidades de ser elegidos. Si los insultos recíprocos tienen fundamento, toca escoger entre la peste y el cólera, o, para ser más precisos, entre paramilitares, narcotraficantes y corruptos de derecha y terroristas, narcotraficantes y corruptos de izquierda.

Queda el programa. Ese documento que casi nadie lee, pero que todo el mundo invoca. Sus expectativas, su entorno socioeconómico, su cultura, sus miedos y sus esperanzas le orientarán. Pero incluso ahí nunca está a salvo de motivaciones subterráneas, inconscientes, que influyen en su elección.

IV. Mundos paralelos: fortunas, clases medias e invisibles

Los muy ricos
Jaime Gilinski, David Vélez, Luis Carlos Sarmiento Angulo, los Santo Domingo y otros, un poco menos acaudalados, viven en un universo aparte. Sus preocupaciones no tienen nada que ver con las de los colombianos de a pie. Solo el uribismo —en versión Paloma o versión Abelardo— puede garantizarle las políticas que protegen sus intereses, a cambio de generosos aportes a las campañas.

Jamás votarán por Cepeda. No porque él represente una amenaza real para sus fortunas —que prosperan bajo todos los gobiernos, en todas las coyunturas, con cualquier precio del petróleo—, sino porque han convertido la palabra «petrista» en un espantapájaros útil, gracias a los numerosos medios que controlan. Detentan el poder económico y, por extensión, el poder político, sin necesidad de someterse jamás a las urnas.

La clase media devota
Enriqueta y Raimundo, matrimonio católico de clase media, tres hijos en la universidad, devotos de la Virgen de los Remedios, viven en una burbuja donde la política internacional es ruido de fondo y las reformas nacionales, una niebla espesa.

Están en contra de las personas LGBTQIA+, del aborto, de la eutanasia, del matrimonio igualitario. No distinguen entre socialdemocracia y comunismo, pero rechazan ambas con el mismo fervor. Ignoran qué es el neoliberalismo o el Estado gendarme, pero los aprueban sin dudar. Son uribistas porque Uribe reza al «Señor Caído» de Girardota.

Pero Paloma escogió a Oviedo, un hombre homosexual, como fórmula vicepresidencial: una afrenta a sus principios. Por eso votarán por Abelardo, «el candidato de Dios» y, según la senadora Sara Castellanos, aquel con quien Dios mismo gobernará. Ni más ni menos.

Los invisibles de la ciudad
Ramón y María limpian locales en un centro comercial. Campesinos desplazados, despojados de su tierra, sobreviven ganando menos que el salario mínimo, sin contrato, entre el 55% de trabajadores informales. Les cuesta leer, pero escuchan la radio.

Las palabras que oyen —déficit fiscal, balanza comercial, reforma tributaria, PIB, neoliberalismo, wokismo— resbalan sobre ellos como la lluvia sobre un impermeable. Desconocen las diferencias entre extrema derecha, izquierda, izquierda radical, centroderecha y centroizquierda.

Pero un amigo les explicó qué propone Iván Cepeda en materia de reforma agraria. Piensan que con él podrían recuperar su tierra. Votarán por él.

V. El presidente que llegará

Sea quien sea el ganador, no tendrá mayoría ni en el Senado ni en la Cámara. Por tanto, no podrá aplicar la totalidad de su programa.

Pero la orientación general es previsible:

  • Paloma Valencia: el uribismo, puesto que será Uribe quien gobierne.
  • Abelardo de la Espriella: un fascismo al estilo de Milei, Kast, Bukele o Trump.
  • Iván Cepeda: la continuidad de la política de Gustavo Petro.

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