¿Colombia nació en 2022? El intento de la derecha por borrar su pasado

A lo largo de la historia, la verdad ha sido el blanco predilecto de la clase política, tanto en campañas electorales como en el ejercicio del poder. Mientras las mentiras circulan a su antojo por los medios y las redes sociales, la verdad permanece indefensa en un rincón oscuro, esperando salir a la luz.

Históricamente, los políticos han mentido, pero antes de la era Trump, se esforzaban por disfrazar sus engaños de verdades. Hoy, ya ni se molestan. Saben que gran parte del país es consciente de la mentira, pero no les importa, porque saben que su base radical les creerá ciegamente. Para figuras como Donald Trump, Javier Milei, José Antonio Kast, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Álvaro Uribe, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Abelardo de la Espriella y otros más, la verdad objetiva ha dejado de existir. Solo importan las «verdades alternativas»: mentiras rebautizadas que sus seguidores aceptan porque alimentan sus sesgos, miedos y prejuicios.

El mito del “peligro petrista”

Hoy, la oposición pretende culpar a Gustavo Petro de cada mal que aqueja a la nación. O sufren de una amnesia selectiva o ignoran deliberadamente las raíces estructurales de la crisis que denuncian. ¿Quién puede afirmar, sin que le tiemble la voz, que los problemas de Colombia empezaron el 7 de agosto de 2022, con la llegada del primer gobierno de izquierda? Esto no es una interpretación; es un hecho irrefutable.

¿Qué partidos gobernaron durante los doscientos años previos al Pacto Histórico? ¿Bajo qué administraciones florecieron las guerrillas, los paramilitares, el narcotráfico y la corrupción sistémica? ¿Quiénes permitieron el despojo de tierras, el desplazamiento forzado y el auge de los latifundios improductivos? Las tierras «ubérrimas» no terminaron en manos de políticos y multinacionales por obra del azar, sino por décadas de complicidad estatal.

El muro contra el cambio

Es evidente que Gustavo Petro no es el responsable de tal magnitud de desastres. La responsabilidad recae sobre Duque, Santos, Uribe, Pastrana, Samper, Gaviria y la larga lista de presidentes que manejaron el país antes que él. No se le puede exigir a un gobierno, por eficiente que sea, que repare en cuatro años los daños acumulados durante dos siglos.

Además, Petro no cuenta con mayoría absoluta en el Congreso. El poder real sigue en manos de los grandes terratenientes —quienes se han opuesto por décadas a una reforma agraria necesaria para resolver el conflicto por la tierra—, los clanes regionales, los conglomerados industriales, el sector financiero y las multinacionales, bajo la tutela de los intereses de Estados Unidos. A esto se suma el temible «cuarto poder»: los medios de comunicación controlados por las grandes fortunas.

Los dueños de la narrativa

En Colombia, la información es un monopolio. El 70% de los medios pertenece a solo 10 grupos económicos. Estos son los rostros detrás de lo que usted lee y escucha:

  • Grupo Santo Domingo: Caracol Televisión, Blu Radio, El Espectador.
  • Grupo Ardila Lülle: RCN Televisión, RCN Radio, La República.
  • Grupo Sarmiento Angulo: El Tiempo, City TV, Portafolio.
  • Grupo Gilinski: Revista Semana, El Heraldo, El País de Cali.

Con Luis Carlos Sarmiento, Carlos Ardila y Alejandro Santo Domingo controlando el 57% del espectro informativo, el pluralismo es una ilusión. Sus medios no informan; defienden sus intereses en la banca y la industria, blindando siempre las posturas de la derecha y la extrema derecha.

Conclusión

Atribuir la crisis actual únicamente a este gobierno es un insulto a la inteligencia de los colombianos. Intentar que la historia comience en 2022 es una estrategia cínica para lavarse las manos tras siglos de fracasos y escándalos.

El poder real sigue donde siempre ha estado: en las manos de la derecha tradicional, los gremios de élite (ANDI, Fenalco, Fedegán, Asobancaria) y el blindaje mediático que los protege.

Es necesario aclarar que estas líneas no pretenden ser una defensa cerrada de Gustavo Petro. Como cualquier administración, su gobierno comete errores y fallas, y el suyo no es la excepción. Incluso se rumora que uno o dos clanes familiares de los 25 que existen en el país, lo respaldan (23 apoyan la derecha), cayendo en esas viejas mañas de la política tradicional que tanto daño nos han hecho.

Sin embargo, achacarle la responsabilidad absoluta de las desgracias del país no solo es una acusación falsa para desviar la atención de los verdaderos culpables; es algo que raya en lo ridículo. Sea cual fuere el balance de Petro, es mejor que el de sus predecesores, o si prefieren, menos malo.

Personalmente, tampoco soy seguidor de su estilo ni de su forma de ejercer la política: esas declaraciones impulsivas escritas en «español de redes sociales», su susceptibilidad a flor de piel y esa propensión a agarrarse por bagatelas a golpe de trinos en X (Twitter). La dignidad del cargo presidencial exige más altura, más seguridad y menos confrontación digital. Agarrarse de las greñas en las redes sociales es propio de los políticos mediocres. Los asuntos serios se tratan en otros ámbitos. Una cosa es la política y otra, muy distinta, la estética del poder.

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